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viernes, 19 de junio de 2009

Vicente Ferrer y el escritor que quería visitar la India en Hummer.


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Hace unos años viví en Soria, donde coincidí con una famoso escritor y viajero. Entonces, andaba el hombre un poco falto de inspiración e ingresos, hecho que él no reconocía aunque sus palabras le delataban, y sobre todo, andaba enredado en urdir un nuevo proyecto, con resultado literario, que habría de devolverle esa credibilidad y posición económica perdida.
El caso es que deseaba viajar a la India, hasta Andhra Padresh, y allí pegarse a la espalda del buen Vicente Ferrer para escribir sobre él. Pero necesitaba un Hummer Full Equip para llegar hasta allí. Para estar allí. Su idea era que los de Hummer le regalasen el coche, ya que él haría promoción de “semejante pepino” mientras escribía el libro. Pero los de Hummer le dijeron “Tururú”. Nosotros, ingenuamente, le recomendamos que preguntase a los de Uro, la versión española de tal brutalidad, pero, claro, los de Uro no tenían ni el lujo ni el glamour de la marca americana. Y ahí quedó la cosa.

Hoy ha muerto Vicente Ferrer, un buen hombre que no necesitaba de libros para pasar a la posteridad. Porque la posteridad, como el día a día de tanta gente a quién ayudó, vivía en él, y él en ellos. Hoy ha muerto un buen hombre que no necesitaba estar en la portada de un libro, aún menos de hacerse la foto ante un imponente y cómodo Hummer.


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miércoles, 29 de abril de 2009

País de Cigarras. Corto y cierro.


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Y de nuevo ha pasado lo que tenía que pasar. No me gustan los temas pendientes, ni ese dejar las cosas a su albur. Así, una mañana de hace ya semanas, cansada de esperar, decidí escribir a mi jefa, la responsable del área de Comunicación y Relaciones externas de la ONG con la que me empeñé en colaborar como voluntaria desde septiembre.
El correo era sencillo y directo. Me costó encontrar el "asunto", pero al final escribí un sencillo "Gracias", con el que supuse que el mail no pasaría desapercibido. Decía así:

Querida Fulanita,

Supongo que Menganita te habrá ya comentado las últimas novedades de mi vida profesional y personal. Hablamos el pasado lunes, y ya me enteré al fin del uso que se le había dado a las cartas que escribí para el Boletín de empresas hace ya más de un mes, después tuve que lamentarme por el desafortunado momento en que llega una petición suya, pues, afortunadamente para mí, estaré fuera de España todo el mes de mayo. Tengo que atender un nuevo proyecto y eso siempre es una buena noticia tal y como andan las cosas.

Me hubiese gustado que nuestra colaboración concluyera de otro modo, no en este "triste dejarse morir" al que hemos llegado. Sé que tú lo has intentado, por eso me entristece aún más este sentimiento de pensar las inmensas ganas que siempre he tenido de hacer pero nunca he podido materializar, más que muy de tarde en tarde cuando ambas nos hemos empeñado.

Sobre los textos de la web, supongo que me enteraré de su uso o aprobación cuando los vea publicados. No estoy enfadada, ni mucho mucho, simplemente me hubiese gustado sentir que mi colaboración era útil para XXX y no un capricho personal, que es como muchas veces me he sentido cuando estaba allí, como si me empeñase caprichosamente en un voluntariado con el que nadie sabía bien qué hacer.

De hecho, bien sabes que sólo se me ha dado trabajo cuando te he escrito algún mail dejándote entrever mi situación y tú has sido el resorte para que la gente se moviera. Pero es demasiado agotador estar así permanentemente. Para ti y para mí. No tiene ningún sentido. Y además no es nada agradable.


Pensemos que no era el momento. Eso es. Lamento muchísimo que esta colaboración no se haya producido en el momento adecuado. Estoy segura que de haber sido en tal circunstancia hubiésemos podido hacer grandes cosas en beneficio de XXX y de los más necesitados. Te he observado y sé que eres una mujer comprometida, por eso sé que entiendes bien mi sentimiento. No quiero que este correo sea una despedida, ni mucho menos, estoy segura de que la vida nos brindará nuevas posibilidades donde coincidir y, quién sabe, nuevas oportunidades donde llegar a hacer todas esas grandes o pequeñas acciones e ilusiones que se nos han quedado en este corto pero intenso camino.

Muchísimas gracias por todo, cuídate mucho, salúdame de tanto en tanto, yo lo haré, y no dejes, por favor, de contar conmigo cuando lo necesites. Siempre que pueda estaré encantada de apoyar a XXX,


Udaberri.

Dos días más tarde, recibí un correo de Fulanita,

"Udaberri,gracias a ti pro todo , espero que todo te vaya fenomenal y también que sepas que aquí estoy. Un beso muy fuerte y muchas suerte." (las erratas son originales)

Mi buen amigo IDC me comentó la tristeza que sintió al conocer mi experiencia en las ONG. Aventuras que concluyen aquí con este Corto y cierro definitivo.

Me gustaría mucho que alguien cayera en este blog y escribiera un comentario positivo. Me gustaría mucho, si estoy equivocada, que alguien me sacará de mi error. Corto y cambio.

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miércoles, 15 de abril de 2009

País de cigarras. 3ª parte y fin



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Y entonces me entró una profunda melancolía. Agravada, tal vez, porque me fui a Lisboa y allí me refugié en Pessoa y su desasosiego. Qué me quedaba si ni siquiera las oenegés eran honestas y honradas. No debería generalizar, es poco inteligente, pero la solidaridad de mis amigos me permitió conocer una gran variedad de historias que me referían con indignación para mi consuelo de tontos. Mi amiga CV, secretaria en un headhunter, me comentó cómo su compañía había colaborado, a cambio de la lucrativa cifra de 24.000 euros, en la contratación del máximo directivo de una oenegé dedicada a la infancia. El afortunado candidato firmaría un contrato de 90.000 euros, pero primero debía superar la primera de inicio: un sencillo test donde el susodicho, preferible a susodicha, debía contestar cuáles de los siguientes diarios leía: ABC, EL Mundo, El País. ¡Enhorabuena para aquellos que hayan contestado El País! Siguen en el proceso. El resto están descartados.

Mi nueva amiga MQ, a quien conocí en la maravillosa conferencia de Muhammad Yunus, días antes de que me dieran el pasaporte a la fama, me confesó que ella había trabajado en una multinacional dedicada al apadrinamiento de menores. Allí, además de tener un sueldo de mercado, móvil de empresa y seguro médico privado, comisionaba por cada nuevo padrino que captase.

A mí me llamaron de una multinacional de esas que luchan contra el hambre. Buscaban un responsable de marketing dependiente del director de comunicación. Imaginen mi sorpresa cuando además del sueldo, 36.000 euros (¡ojo!, era una oenegé y les hablo de un puesto medio sin personas a cargo), me comentan una agradecida lista de beneficios sociales entre los que incluían “tickets restaurante”. ¡Viva la incoherencia! No sé bien qué pensaría a Al Gore si supiera.

O qué decir de los SMS's que el personal envía generosamente sin saber que más del 60% del coste del mensaje solidario se lo queda la empresa promotora. De esto me enteré porque el marido de una ex compañera trabaja en una de estas compañías.

El caso es que, como siempre, después de Pessoa llegó Ciorán, y tras Ciorán, en lugar de refugiarme en la literatura rusa, como me suele ocurrir, o en la poesía de González Iglesias, me dio por leer a Maquiavelo. ¿Realmente el fin debía justificar los medios?
Un pensamiento me llevó a otro y fue entonces cuando caí en la cuenta de que debía hacer un último intento antes de tirar la toalla de las oenegés. Me quedaba la iglesia de base y allí fui. Necesitaba volver a creer en la acción social y en la bondad del ser humano. Busqué las oenegés de la iglesia y me presenté en una de ellas. Esta vez no cobraría un sueldo de becaria. Esta vez regalaba mi trabajo a una causa social. Me hice voluntaria.

Cuando me dio por esto de las oenegés, mi amiga Dorina me dijo: La acción social no sirve para nada, lo que sirve es la acción individual. Dorina había trabajado durante décadas en una leprosería en la India allá por los 60 y 70, después, a su vuelta a España, ejerció su labor en Fontilles. Cuento esto porque creo que es importante atestiguar su calidad humana y su conocimiento de las oenegés. Dorina decía que si falta la intención individual, es muy difícil que se pueda hacer algo colectivamente.

Cuando yo llegué a mi nueva oenegé, me sorprendió la relajación con la que la gente trabajaba. No es cuestión de estar en permanente estrés, pero el momento de crisis que sufrimos y las continuas peticiones de ayuda a la institución no se correspondían con la comodidad con la que el personal iniciaba su tarea diaria. También me llamaba mucho la atención que se repitieran los comportamientos antisociales de mi anterior oenegé (fotocopias, largas salidas a desayunar, jornadas laborales sin control, aunque se fiche; un cigarrito, y otro, y no sé cuántos más; ordenadores encendidos todo el día, etc.), o que en lo más duro del crudo invierno, trabajásemos en manga corta, porque además de la calefacción (24º, como poco) teníamos calefactores eléctricos en los pies. A veces, incluso debíamos abrir la ventana para que entrase un poco de aire fresco. Y entonces, yo me acordaba de Dorina cuando me repetía aquello de la acción social y la acción individual. Porque el ahorro energético, además de bien para el planeta, son comidas, cenas, o muchos desayunos en los comedores sociales que no dan abasto. Son tantas cosas que se dejan de hacer.
Sin embargo, uno de los hechos que más me sorprende de mi voluntariado es la curiosa relación que tengo con mis compañeros de departamento. Es una suerte grande trabajar en una oenegé. En ellas, sus empleados nunca hacen el trabajo sucio, para eso están los voluntarios, para limpiar los culos y quitar las babas de los ancianos, para atender a los drogadictos, para encadenarte a los árboles, para atender los stands, para las ferias de los fines de semana, para salir con la hucha a pedir, para vender lotería, para todo eso y más, están los voluntarios. Pero, ay de ti, si eres voluntario cualificado, si intuyen que les vas a dar “curre” o creen que les vas a mover la silla, entonces te despacharán con un escueto “hoy no tenemos trabajo para ti”. Y así llevo desde hace meses, debo ser la única voluntaria de oenegé en España que no tiene trabajo aunque en su oenegé y su departamento anden desbordados.

Esto que les cuento son sólo pequeños detalles de mi experiencia que apunto. Cómo les sé inteligentes, estoy segura de que no se quedarán en el ejemplo, en el dedo. Y mirarán a la luna e irán a la actitud. LA ACTITUD. Porque ésta es la actitud que se vive y se respira en las oenegés. En todas. Creánme. Falta de objetivos, ausencia de compromisos y un comportamiento antisocial digno de ser reflejado en el Guinness World Records. Me apena lo que narro, siento una gran tristeza, pero también me siento responsable.

Desde hace algunos meses, observo cómo las oenegés están empleando toda su artillería pesada en la captación de socios, cómo van “a la caza del donante”. Me sorprende comprobar cómo los postes y monopotes que antes contrataba para anunciar las promociones inmobiliarias de la empresa del “nuevo rico”, hoy lucen mensajes de solidaridad, o toscas peticiones de herencias en las que intentan convencerte de que les dejes tu patrimonio. Campañas que se acercan, sino superan, a los seiscientos mil euros, creánme, sé de qué hablo. Campañas en marquesinas por toda la ciudad. )carísimas). Lonas gigantes que cubren edificios a reformar en la Gran Vía madrileña (pocas empresas se lo pueden permitir). Sites y minisites que florecen en Internet como las setas en otoño. Teléfonos 900, pero también 902 y 905. Anuncios en prime time, para televisión, cine o cuñas en radio. Campañas de telemárketing, on line, banners, espacios en medios escritos, campañas face to face (les hablo de los chicos que te abordan en las puertas de El Corte Inglés. El lunes llevan el peto de color verde de la oenegé A; el martes, el peto azul de la oenegé B; el miércoles es un mono, de la oenegé C, más agresiva; el jueves, el rojo...Y así todos los días). Acciones de miles de euros en un suma y sigue imparable.

Me resulta muy curioso comprobar cómo las oenegés se están convirtiendo en grandes anunciantes. Y lo están haciendo a costa de la misión. No lo duden. Es una arriesgada apuesta que ahogará a más de una. Asistiremos al estallido de la burbuja de la solidaridad. Son miles las oenegés registradas en España. Y todas necesitan urgentemente fondos. Con la crisis han perdido muchos donantes y están desesperadas por captar recursos para poder atender todos esos costes estructurales necesarios para la creación de un pozo en África, la vacuna de un niño, o un díptico sobre cómo comer saludablemente. Díptico, vacuna o pozo que acaba costando casi tanto como una plataforma petrolífera de Repsol en el Mar del Norte.

No se dejen engañar, les hablo desde la experiencia, hagan caridad con el negro de la farola, con el vecino. Hasta con la abominable mudita rumana, si me apuran. Hoy hay mucha gente en la calle necesitada de ayuda. O destinen sus fondos a aquellas organizaciones cuya central está en la zona cero, allá donde se da la ayuda, sin intermediarios que distraen fondos y encarecen la obra. Como hace Vicente Ferrer o hizo Teresa de Calcuta. O el Banco Grameen.

Destinen sus energías a exigir a nuestros gobernantes mejoras en la sanidad, en la asistencia social, en la educación, pero no alimenten organizaciones que dicen hacerlo en nuestro nombre, ¿o acaso creen que el del Mercedes SLK tiene problemas de sueño? Como mucho editará un nuevo folleto. Yo lo hice por él.

No alimenten a cigarras que hoy cantan desesperadas como sirenas, porque, por muy conmovedor o triste que pueda parecer su canto, ellas siguen felices tocando las liras mientras Roma arde.

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País de cigarras 2ª parte


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Decía ayer que llegué en el inicio de la primavera, y no había hecho más que empezar el verano cuando el glorioso director general de la oenegé firmó mi despido. ¿Por qué? Porque hacía preguntas.

Yo me preguntaba cómo era posible que el director general se excusase en las visitas a los hospitales, especialmente a un grandísimo complejo hospitalario de Madrid. Él respondía sin rubor: «La oficina de la oenegé está junto al tanatorio y me da grima», mientras el resto le defendía con el argumento de que al director General no le gustaban esas cosas (¡caramba!, ¡que estamos hablando del director general!, el mismo que se lo pasaba estupendamente en los viajes a las delegaciones provinciales o en las comidas con las señoras presidentas).

También me preguntaba cómo era posible que después de muchos años al frente de la organización, su nombre apenas generase entradas en google o nunca representase a la oenegé en los actos sociales, mercadillos, carreras populares, etc., etc. Entonces me contestaban que a él no le gustaba aparentar, ni figurar (aunque bien que lo hacía encorsetado en su traje a medida, con el pelo engominado hacia atrás, el rostro permanente bronceado y la sonrisa del éxito dos palmos por encima del resto de los pringaos de a pie, los que nunca podrían soñar con conducir su flamante deportivo Mercedes SLK, aparcado siempre en el vado de la entrada).

Lo que más gracia me hacía era cuando el personal hablaba sobre la falta de rumbo de la organización desde su llegada, ausencia de objetivos de la que yo acusaba directamente al director general, pero el personal le justificaba diciendo que al director general no le gustaba tomar decisiones (sorprendente, ¿verdad?). Eso sí, yo debía de inspirarle mucho, pues, de hecho, la única decisión que debió de tomar en mucho tiempo fue quitarme de en medio tan pronto pudo (en cuanto les acabé la revista y la memoria anual).

Otras veces me preguntaba cómo era posible que el director general, no contento con ser manifiestamente vago e incapaz, pues nadie sabía bien a qué se dedicaba (a excepción de las largas reuniones de horas y horas y horas con la agencia de comunicación (que luego le ponía a “parir”, motivo por el que no cito el nombre de la agencia)), se hubiera traído consigo a su pandilla de amigos con el silencio cómplice del resto de la organización; amigos a los que había colocado a antojo en los puestos directivos de la institución, aunque con cargos vacíos de contenido. Tampoco nadie sabía bien en qué destinaban su horas. Entonces me contestaban, por ejemplo, que era necesaria la figura del auditor interno para tener el certificado de buenas prácticas. (Y de nuevo volvía a preguntarme si no bastaban con los informes del auditor externo para este mismo certificado).

Y me preguntaba cómo era posible que el director general hubiera regalado “graciosamente” la dirección del área de marketing y comunicación a uno de sus amigos, hasta la incorporación de la directora, de baja por los siglos de los siglos (¡a ver quién era el guapo que volvía a semejante paisaje!).

Decía Ortega, que «Entre ser y creer que ya se es, está la diferencia entre lo trágico y lo cómico». Y era así como funcionábamos en ese departamento, en ese edificio central de la oenegé, cómicamente, pero sobre todo, desperdiciando los recursos de los socios, estafando a los socios y donantes que entregaban sus aportaciones convencidos de una gestión eficaz, eficiente y comprometida. Al frente de mi área, como de casi todos las demás, había un analfabeto de la materia que versaba el área (tampoco sé de qué me sorprendo, a tenor del nuevo gobierno nacional), un señor que no tenía ni idea del marketing y la comunicación, que lejos de dejar hacer a los profesionales, “creía que era”, aunque, en verdad, sólo era el amigo del director general además de prejubilado de banco.

¡Viva la golfería!
¿Desde cuándo los prejubilados cobran sueldos millonarios de una oenegé? Mientras, en las delegaciones provinciales, cientos de prejubilados trabajan honradamente apoyando la causa social y, sobre todo, ahorrando costes mientras los golfos de la central se pulen los recursos a capricho; unas veces por acción y otras por omisión; con decisiones torpes o con la negación o el freno de otras propuestas que nunca toman porque provienen de los profesionales del departamento.
Algunos de ustedes se preguntarán por la figura del presidente, que todavía no he citado, Los presidentes suelen ser hombres o mujeres de paja que ostentan el cargo por proyección social, ajenos a las decisiones respecto a la gestión estructural o coyuntural.

Y entonces me decían: ¿Por qué no pasas? Dentro de nada llegará el verano, y la jornada intensiva, y las vacaciones, y cuando nos queramos dar cuenta, estaremos en septiembre y esta gente habrá cambiado con el nuevo comité. Y entonces yo contestaba: “Porque he venido aquí a trabajar, no a acomodarme en una silla. Porque no he venido a aquí en busca de un trabajo en el que jubilarme, porque he venido con sueldo de becaria mientras observo el despilfarro en los modos, en las formas y en las nóminas (el secreto pero guardado en las organizaciones).

He trabajado en consultoras americanas, las más exigentes, y he aprendido a pensar que desde que uno entra por la puerta hasta que sale, todo el gasto que uno genera aminora el beneficio del proyecto en el que trabaja. En la inmobiliaria, no, claro, pero la oenegé era peor que la inmobiliaria, sobre todo porque el personal acaba contagiándose. Pasando de todo. Las luces siempre encendidas, los ordenadores nunca se apagaban, el despilfarro del papel o constantes las copias a color. Era como si se heredase la tierra cada día. El personal estaba educado en el gasto, en el despilfarro, en la funcionarización de sus puestos y sus objetivos. Del mismo modo, me sorprendía la saturación de algunos departamentos. ¿Cómo una oenegé descentralizada, porque les hablo de la central, imaginen esto multiplicado por casi tantas delegaciones como provincias, puede tener siete personas en su departamento de informática, más de una decena en su departamento contable o seis en marketing? ¡Qué no éramos una multinacional! ¡Ni mucho menos! Gasto, despilfarro y falta de control, esa era la contante diaria. Dinero que se restaba del proyecto. Pero sobre esto dejé de decir, me aburría, porque incluso los consultores de una de las multinacionales en las que trabajé como responsable de marketing (que andaban desde hacía años inventándose un plan estratégico para el director general) dejaban sus portátiles encendidos, al igual que la luz de su despacho desde el viernes a las tres hasta el lunes a las nueve, o los papeles abiertos encima de la mesa, comportamiento nada profesional que en la consultora suponía suspender la evaluación anual.

Decía Aristóteles: «Sin orden, sin método y sin voluntad, no es posible el genio ni el triunfo». No había método, no había orden y no había voluntad. Cada mañana miraba a mi alrededor y pensaba en la estafa, similar a la del “gordo” con los proveedores de la fiesta. La gente que sostiene las oenegés, los socios hacen sus donativos para una causa muy concreta, en la que creen; y sin embargo, ese dinero se utilizaba en su mayor parte para el sostenimiento de la estructura interna de la organización. Ruego a todo el mundo que revise las memorias de actividad de aquellas oenegés con las que deseen colaborar. Se sorprenderá al comprobar cómo más del 80% de los gastos se destinan al sostenimiento de los costes estructurales. De hecho, más del 50% se destina a pagar al personal contratado, que no suele alcanzar siquiera el 5% del total del personal voluntario. Aunque claro, el personal a sueldo le contará que toda esa estructura es necesaria para llevar a cabo la misión, porque ellos afirman rotundamente que todos esos gastos son “La misión”. Y tienen razón, son “Su misión”: mantener sus puestos de trabajo, su statu quo, sus privilegios sociales y económicos; en definitiva, “mantener su chiringuito a salvo”, empresa que llevan a cabo, no valerosamente, como a mí me gustan las empresas, sino con el silencio cómplice de todos sus miembros; por eso, cuando yo dije todo esto, me mandaron a la calle.

Pero no se vayan amigos, aún hay más, aún queda la tercera parte.

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martes, 14 de abril de 2009

País de cigarras 1ª parte


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Bien sé que nadie escarmienta en piel ajena, pero ESTO ES UN AVISO A NAVEGANTES POR SI LE TIENTAN PARA SER VOLUNTARIO O SOCIO DE UNA OENEGÉ. PRACTIQUE LA CARIDAD CON SU VECINO , O CON EL SUBSAHARIANO QUE LE OFRECE LA FAROLA EN LA PUERTA DEL DÍA, PERO NO MANTENGA A VAGOS, POR FAVOR.

En tiempo de Cátulo, o de Adriano, España era el país de los conejos. Sin embargo, desde hace algunos años, el patio nacional más bien parece de cigarras. Y no me voy a despachar contra el personal en general, aquí no toca, ahora quiero hablar de las Oenegés.

Resulta que hace un año y medio tuve la genial idea de querer cambiar de sector profesional. Me empeñé en dedicar mi esfuerzo, mi experiencia y mis conocimientos a las causas sociales, principios que mi pensamiento, absurdamente, definía siempre en mármol y capitulares. Andaba convencida de que mi formación y mi experiencia, además de la renuncia a la mayor parte de mis honorarios, serían un aval suficiente para alcanzar mi lícito objetivo: ayudar a los demás.

Todavía no sé por qué me empeñé en tal hazaña. Sólo sé que cada vez me sentía más atraída por el canto de sirena de las “organizaciones no gubernamentales” (ONG), ahora llamadas “entidades no lucrativas” (ENL). Tal vez fue una cuestión hormonal; tal vez, el trauma de mi última experiencia laboral. Mi paso por el sector inmobiliario fue tan nefasto, que me juré no volver a enriquecer a ningún gordo que no supiera siquiera sumar con calculadora. A mi favor, diré, que el gordo con el que me tocó lidiar, era uno de esos empresarios “hechos a sí mismos” pero a la española; a saber, de los que antes de calzarse los Lotus gastaban alpagartas de diario y cultivaban ajos o melones en medio de La Mancha. Pero llegó la prosperidad, y en su campo, otrora de uso agrícola, nuestro “empresario” (convencido por su primo, el alcalde, y su amigo de partida, el director de la sucursal de su pueblo), se convirtió en promotor y cultivó los primeros adosados de la comarca, y después los segundos, y los terceros; y así en un suma y sigue que le llevó a celebrar las bodas de plata de su entramado empresarial. Porque aquello, como la mayoría de los chiringuitos inmobiliarios, no era una empresa, ni siquiera un grupo empresarial, aquello era una “trama” que se desplomó como la casita del primer cerdito con un leve soplo de viento.

El caso es que, meses antes de la caída, les hablo de finales del 2007 (esto de la crisis inmobiliaria, por mucho que Zapatero se empeñe en fecharlo ahora, viene de atrás: no tienen más que tirar de hemeroteca y mirar las cifras del SIMA de ese año), el agricultor con cargo de presidente, me encargó la organización de una fiesta ad maiorem gloriam de sí mismo; “evento” que no tenía intención de pagar, aún más cuando vio que la suma de su capricho ascendía a la increíble cantidad de más de 400 mil euros, que se fundió en el salón de columnas del Círculo de Bellas Artes un martes de septiembre sin competiciones europeas, premisa básica, entre las nueve y la una de la madrugada. Así toreaban los nuevos ricos. Tal vez por todo ello, y algún que otro agravio más, en el mismo instante en que “el gordo” aprobó la fiesta, dimití de mi puesto de directora de Marketing.

Con estos antecedentes (y otros que les iré narrando según surja la oportunidad), comprendan mi legítimo asqueo por el sector primario, secundario y terciario, y mis ganas irredimibles de colaborar en el “Tercer sector”, lugar que mi voltaireana ingenuidad imaginaba honesto y honrado.

Cinco meses después, un día de primavera, me convertí en la directora de comunicación de una afamadísima oenegé que afirma luchar contra el cáncer en todos sus ámbitos. Mi periplo no duró más de 100 días. Todo un récord contando que, en los dos años previos, por este puesto habían pasado tres personas; del mismo modo que, desde mi salida hasta ahora han pasado tres en ocho meses; además, la directora del área llevaba cinco meses de baja por depresión de un total de diez en la oenegé. Cifras contundentes para un departamento, el de marketing y comunicación, de una oenegé que afirma destinar la mayor parte de sus recursos a sus campañas de comunicación y sensibilización.

Pero, vayamos por partes... que esto no ha hecho más que empezar.

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